Texto introductorio a la muestra

Les proponemos un juego, el juego del reflejo y de la reflexión; de lo que se es en esencia y cómo ésta se refleja en otra persona, otro elemento, en otro tiempo.
Este juego nos adentra en la misteriosa figura de la divinidad femenina, tan rechazada en sus inicios, olvidada, pero siempre presente en la sombra; Una imagen surgida durante el auge del movimiento feminista en América en los años sesenta del siglo pasado; una imagen que englobaba dentro de sí las diferentes reivindicaciones que por entonces entonaban aquellas que luchaban por un cambio social. A propósito de ello este espacio se muestra como un interesante punto de encuentro de artistas emergentes que debaten diferentes aspectos dentro de las reivindicaciones actuales que siguen la estela de las ya surgidas durante el feminismo de aquellos años; y es la imagen de la divinidad la que, a modo de prisma, recoge su esencia reivindicativa y es fragmentada en las diferentes áreas que componen este proyecto expositivo.
La divinidad supone una revisión actual, una imagen de reflexión, y un punto de partida nuevo para englobar el arte de algunas artistas emergentes de diferentes partes del mundo y que convergen en este espacio expositivo bajo la premisa de recomponer la imagen de la divinidad femenina, a modo de puzle, obteniendo de cada propuesta una clave que nos ayude a recomponer su imagen. Por ello se ha decidido dividir la muestra en diferentes grupos relacionados con el fin de abordar de un modo más completo las diferentes temáticas que en ella se encuentran.
En esta reflexión se manifiestan las inquietudes actuales de artistas vinculadas con diferentes reivindicaciones sociales que son el reflejo de aquellas que también comenzaron exponiendo sus ideas de un modo artístico, ya sea desde el tradicional lienzo a la fotografía, la escultura o la performance; todas ellas son válidas para sustentar la imagen de la divinidad, una imagen muy criticada y sin embargo muy desconocida. Esta imagen supone nuestro punto de partida y nuestra meta para unificar todas las peticiones, todas las inquietudes, todos los anhelos y ansias de cambios de estas nuevas artistas emergentes que dan forma a esta exposición. Cada una de estas aportaciones son una pincelada que delinea ese ser, cada una de ellas es la divinidad reflejada.
La Mujer Natural
Comencemos nuestro recorrido por esta figura abordando el tema de la mujer como ser natural. Una de las apropiaciones que se realizó con esta imagen fue la relación de la mujer con el entorno natural frente a la racionalidad que representaba el varón. La relación de la mujer con la naturaleza era un imperativo patriarcal con el fin de menospreciar a la mujer y apoyar su tesis de su minusvalía frente al varón en los temas importantes, relacionándola con la animalidad y lo primitivo por su condición biológica de “dadora de vida” y por sus ciclos periódicos la mujer era tachada de ser natural y ,por tanto, una persona temperamental, desordenada, cambiante o desconcertante
como lo es la naturaleza. El feminismo de la esencia se centró en apoyar en esta imagen y la hizo suya, asumiendo ese papel natural de la mujer y dignificándolo. Muchas han sido las artistas que lo han representado, siendo Judy Chicago una de las que concedió mayor importancia a la flor, identificándola con el sexo femenino.
En esta muestra encontramos esta alusión a la naturaleza en la obra de Carla Cejudo Lara titulada Víctima, quien nos muestra una pintura de una flor marchita a modo de personificación pictórica. En ella, como si se tratase de un de alter ego, la flor actúa como reflejo de aquellas mujeres que sufren en el mundo de algún tipo de violencia; y en su tan estrecha relación, la flor se encuentra marchitándose en silencio, abandonada en una continua y sutil degeneración, imperceptible a cualquiera que no se detenga a mirarla.
Por otro lado podemos observar la aportación de la artista mexicana Dulce Villasana con Susurro Shipibo, una pieza de videoarte realizada en colaboración con mujeres de la comunidad Shipibo-Conibo a orillas del río Ucayalli, en la Amazonía Peruana. Se trata de un acercamiento a la mujer y la naturaleza; la mujer y la tierra; y las raíces, así como la transmisión oral de la cultura de forma matrilineal, de madres a hijos; de los cantos que perduran en diferentes lugares del mundo. La artista captura las voces de estas mujeres y nos traslada a los parajes exóticos peruanos en los que, entre la vegetación, conseguimos distinguir estos cantos que nos evocan a la tierra y al pasado, un pasado más cercano con el entorno, una búsqueda espiritual de la propia identidad en relación con lo natural.
Un cuerpo sexual
El cuerpo de la mujer en su totalidad, o sus genitales de un modo más específico, han sido representados desde los albores de la humanidad. Esto es debido a la gran expectación que generaba la capacidad de engendrar que disponía el cuerpo femenino. Un ejemplo cercano a nosotros es la representación de varias vulvas en la cueva de Tito Bustillo en Asturias, aunque es solo un ejemplo de las múltiples manifestaciones que denotan la fascinación que los órganos reproductores femeninos han tenido en la historia de la humanidad.
Son conocidas por todos las manifestaciones de las mal denominadas “venus” calificadas de este modo por la relación que se les otorgó con la divinidad romana del amor y la sexualidad, a las que se les introducía en sobrenombre de esteatopigias al presentar grandes acumulaciones de grasa en la zona de las nalgas, así como en sus senos.
Estas representaciones fueron tomadas por el colectivo feminista para reivindicar un uso más sano de la sexualidad, amparándose en estas manifestaciones prueban la existencia de una sociedad diferente en el que la represión sexual femenina era inexistente, en la que se aboga por la eliminación de los diferentes prejuicios y tabús a los que ha estado sujeto el cuerpo de la mujer, permitiéndole el autoconocimiento, exploración y goce de su propio cuerpo y su sexualidad.
Ilustrando este pasaje acerca de la sexualidad, Victoria Iranzo plantea una serie de pinturas en los que el motivo central es la zona pélvica femenina. Enfundadas en mallas con estampados florales a modo de segunda piel, recordándonos de nuevo este factor
natural, nos encontramos composiciones que se centran en la zona genital femenina, la gran olvidada, y la hace tomar un papel protagonista, convirtiéndola en el elemento principal de la obra.
La figura de la divinidad es una figura sexualizada, ya que reivindica la falta de accesibilidad, por parte de la mujer, de su propio cuerpo y su propia sexualidad. De la mano de la artista visual Julia Martos nos acercamos a una pieza de gran carga emocional que muestra esa necesidad latente, esa desorientación de la propia mujer con respecto a su cuerpo. La duda, la pausa es una pieza audiovisual en la que el cuerpo femenino es protagonista. En ella dos personajes emprenden, bajo movimientos rítmicos, una exploración a través del movimiento, una búsqueda contínua y repetitiva, casi enfermiza y delirante.
La conquista del cuerpo femenino
Tirando del hilo de la sexualidad y su representación nos proponemos abrir un espacio en el que debatir las representaciones de la feminidad y la mujer en la sociedad y el arte.
A lo largo de la historia las representaciones del cuerpo femenino en el arte han sido realizadas por parte de artistas (principalmente varones) bajo un una serie de pautas. El cuerpo femenino era representado desnudo y completamente estereotipado, fijo dentro de parámetros de belleza, representado como idealizado, como vulnerable, como una herramienta que focalizaba las necesidades del artista.
Estas manifestaciones han continuado hasta nuestros días cada vez de forma más exacerbada, construyendo en la actualidad unos ideales de cuerpo enfermizos e imposibles de alcanzar, una conducta que nos muestra que es necesario una concienciación de que el cuerpo femenino se encuentra en nuestra sociedad de un modo muy afectado por convencionalismos patriarcales y que es necesaria una apropiación de dicho cuerpo por parte de la propia mujer y la abolición de estos imperativos.
Esta revisión y acercamiento al los imperativos sobre el cuerpo femenino se encuentra directamente relacionada con la obra de la artista mexicana Odette Fajardo Montaño, quien nos muestra en su foto-performance Un poco de mí su propio cuerpo atado por unas vendas que simulan estos prejuicios y estas obligaciones sociales que sufre en sus propias carnes a diario, reclamando esa necesidad de liberación; esa necesidad por despojarse de aquellos imperativos con los que ha de lidiar día a día, que marcan su propio cuerpo oprimiéndolo y de las que desea zafarse.
El cuerpo de la mujer tomado como natural se contrapone con la imagen elegida por Beatriz Maldonado al mostrar el cuerpo de la mujer como supeditado a normas y obligaciones por parte de una sociedad patriarcal. Beatriz Maldonado presenta New Normal Wife una serie de imágenes de gran contenido crítico en el que presenta el cuerpo de la mujer como cuerpo de propiedad externa a ella. Su cuerpo aparece extremadamente perpetrado por la mirada patriarcal. Un cuerpo del que la mujer ha quedado desalojada y al que se le imponen múltiples estereotipos, tanto de belleza como de
actuación, y que suponen un ataque a su propia integridad tanto física como psicológica.
La revisión del dichos imperativos sociales plantea una crítica hacia el gran peso que estos tienen sobre las mujeres en la actualidad, las cuales se sienten oprimidas a encontrarse dentro de unos estándares de belleza cada vez más y más estrictos y que generan diferentes manifestaciones violentas contra su propia integridad física.
Violencia
Esta necesidad de apropiación del cuerpo y de eliminación de las pautas agresivas que existen hacia él, de lo que nos ocupábamos en el espacio anterior, se encuentra paralela a la necesidad de erradicación de la violencia que se da hacia este género, una lacra existente en la actualidad a nivel global.
El papel de la divinidad femenina en este aspecto toma la necesidad de revisar el cuerpo de la mujer como sagrado, evitando con ello el rechazo por parte del patriarcado y, por tanto, evitando también las diferentes manifestaciones violentas que le acompañan.
La violencia hacia el cuerpo de la mujer ha sido un tema que a lo largo de las últimas décadas ha ido cobrando más y más sensibilización ciudadana, contando con campañas y mayores herramientas para su control, sin embargo esta problemática continúa estando muy presente en todo el mundo.
Abusos, violaciones, agresiones sexuales, acoso, violencia de género, o feminicidio son términos que encontramos a nuestro alrededor con frecuencia y que se encuentran en el punto de mira de las artistas que encontramos a continuación.
la obra de la artista italiana Ilaria Brotini, quien en Juego Peligroso nos advierte de la frivolidad con el que el feminicidio se ha tomado en nuestra sociedad, así como denota un problema persistente en la actualidad. Esta reivindicación, desde otro lenguaje nos lo acerca Tamara Rama, en cuya pieza Zapatos rojos presenta el zapato como símbolo de protesta y denuncia del maltrato hacia la mujer y la violencia de género. La artista también nos expresa esta misma idea desde Pintura de acción: Sinestesia, en la que la violencia se presenta en forma de salpicadura que empieza a impregnar el cuerpo de una mujer que aparece dándonos significativamente la espalda.
También incluimos en este espacio la obra de la ecuatoriana Thelma Cazorla con su serie de fotografías titulada Piel Adherida como una segunda piel impuesta, una segunda piel férrea que les imposibilita denunciar su situación, una segunda piel asumida reflejo del silencio que muchas mujeres sufren.
En esta línea también contamos con la obra de Isabel Torres Morcillo, quien nos acerca esta temática mediante dos piezas. En la primera, Sin título, nos sitúa en la piel de la persona que ejerce el maltrato, poniendo en tela de juicio ese aspecto anónimo de las personas que cometen estos hechos, así como nos aproxima a aquella persona que sufre esta violencia con un fin de aproximación al problema. Por otro lado en Pulverizar el anhelo, dispersar la obsesión nos encontramos ante una pintura de una mujer acurrucada, en solitario cuya figura se va desdibujando y disolviendo, a modo de metáfora de la gran carga psicológica que va desgastando lentamente.
Sin embargo no solo las agresiones al cuerpo de la mujer se centran en el ámbito de la violencia o discriminación per se, sino que también encontramos actos violentos perpetrados hacia el cuerpo de la mujer de un modo más sutil o menos conocido. En este aspecto el ejemplo más importante es el de la artista Inma Cases quien, basándose en una experiencia personal, critica las situaciones de violencia hacia el cuerpo de la mujer gestante; una situación de especial vulnerabilidad que sufre la mujer y que, junto con el desconocimiento y la necesidad de ayuda en esos momentos, ofrece un espacio excepcional para prácticas de gran contenido violento que pasan totalmente desapercibidas. La artista valenciana nos presenta tres pinturas Inne-cesarea, Muy Bien Bonita y Cicatriz en las que pone en tela de juicio algunas prácticas realizadas bajo motivaciones que distan de las de la propia parturienta o el niño que va a nacer, y que se basan más en motivaciones económicas, criticando un sistema en el que el parto no atiende las necesidades de la mujer, sino que su cuerpo, ciclo y biología ha de adaptarse a otros fines imperantes.
Una mirada histórica
En esta búsqueda es preciso hablar de la reivindicación que ofrece nuestra imagen sobre la revalorización de la Historia de la Mujer.
Nuestra historia ha resultado ser una serie de acontecimientos en los que la figura de la mujer se ha encontrado ajena, en la que el papel protagonista ha sido siempre concedido al varón, dejando los logros de mujeres en un segundo plano. Por este motivo, la misión de sacar a la luz a aquellas mujeres clave en la historia y que no se encuentran en ella por motivo de género, ha sido emprendida por muchas historiadoras y pensadoras en los últimos años con el fin de concederles su valía y su lugar en la Historia; una búsqueda y reivindicación llevada a cabo también por el campo del arte. Remitiéndonos a un ejemplo como es Judy Chicago en su The Dinner Party y utilizando el símbolo del reflejo, en esta muestra, podemos encontrar la obra de Vanesa Mariño, quien muestra de un modo muy sensible la exclusión de la mujer en la historia, más concretamente el papel en el que ellas quedaban confinadas: el simple rol de modelo y muy rara vez en el de creador reconocido. En sus obras tituladas El colgante de Emilie Flöge y El vestido de Emilie Flöge rescata del olvido a aquella que pasó a la historia por ser una de las musas de Gustave Klimt, y que forma parte de aquellas mujeres importantes cuyos méritos se vieron ensombrecidos bajo una figura masculina.
Otra aportación interesante nos llega con las fotografías de Julia Martos, quien de nuevo nos acerca una serie de imágenes en las que el cuerpo femenino se encuentra jugando con elementos tejidos, desafiando entre el desnudo y a la ocultación del cuerpo. En esta propuesta es el tejido el que cobra importancia, ya que nos acerca la necesidad de dignificación de los oficios femeninos que ya trataban las artistas de la segunda ola de feminismo, el tejer y el tejido como acción reivindicativa, un oficio y una labor no valorada y que, en este caso, alcanza la categoría de arte.
Un hecho religioso
Si algo tiene la figura de la divinidad femenina es un carácter de total enfrentamiento a la religión.
El hecho de encontrarnos ante una divinidad femenina es producto de una necesidad de reivindicar y rivalizar contra a la mayoría de las religiones imperantes en el mundo, aunque la relación entre la divinidad femenina y la religión cristiana es notable, ya que es la religión imperante en el momento y lugar en el que el movimiento cobra importancia.
La elección de una figura divina se contrapone al marcado carácter masculino que presentan las divinidades con más proyección, principalmente el Dios Cristiano (denotado el articulo “el” para referirse a dicha divinidad) así como por las representaciones que encontramos de la divinidad, las cuales nunca han sido como ente femenino, pero sí como ser masculino ya que encontramos un ejemplo muy conocido en La creación de Adán, un fresco realizado por el artista Miguel Ángel que decora la Capilla Sixtina, siendo una de las obras de arte más conocidas y reproducidas del mundo.
La gran represión que la iglesia ha perpetrado hacia la figura de la mujer a lo largo de la historia y que continúa realizando a diferentes niveles en la actualidad, en la que no puede optar al mismo estatus y reconocimiento del varón y la que proclama un modo de vida ligado a la falta de libertades es un punto de mira hacia las reivindicaciones de esta imagen y tienen mucho que ver con el nacimiento de neopaganismos, así como un creciente movimiento espiritual femenino, ligado a los ciclos lunares, la naturaleza y el cuerpo femenino.
La obra de Gem Díaz es un ejemplo de esta espiritualidad que narra la necesidad de cambio. En sus obra Verde Esperanza nos muestra dos figuras descarnadas se unen y se aferran de la mano procurando el color verde al mezclarse entre sí, el color de la esperanza.
Como punto final a la muestra se acogen una serie de fotografías de Elena Menéndez en las que se muestran sus piezas de joyería de la serie Reliquias. Estas piezas estan basadas en los talismanes y como tal se conciben como elemento contenedor de la divinidad, elemento portable que asegura la protección divina. Estos talismanes suponen una imagen de las diferentes divinidades asociadas a la mujer que se han ido transformando a lo largo de la historia en diferentes lugares del mundo.
Elena Menéndez
Comisaria

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